La identidad costarricense incluye lo indígena, lo español, lo negro, los Expatriados (provenientes de distintos países que arrastran sus propias nociones de jerarquía racial, como estadounidenses, argentinos, brasileños) y las mezclas entre estos. Hay clases que no experimentan el racismo en absoluto y niegan que exista. Hay clases que lo experimentan en cierto nivel y creen que eso es todo lo que hay, y luego hay grupos que experimentan niveles más profundos de racismo, incluso racismo dentro de grupos que ya lo están viviendo, y su complejidad se amplifica por el peor factor moderno: la negación del racismo, que le pide a sus víctimas que entreguen su último punto de apoyo, su propia percepción, y con ello su capacidad de cambiar su situación.

El racismo no habla del mundo interior de una persona, de sus hábitos y preferencias, esperanzas, pérdidas, deseos grandes o cotidianos. Es un sistema que la categoriza desde afuera, que clasifica su valor, que de alguna manera hace que tus sueños parezcan menos aspiracionales, o que tus miedos estén menos protegidos, que tus preocupaciones o deseos o incluso tu propio cuerpo queden apagados en el ruido del mundo, donde otras voces parecen más claras y más bellas, más lúcidas y conscientes que la tuya. Es el peso de tener que interpretar tu propia humanidad, ese miedo de que en algún lugar profundo podrías ser algo inhumano, quizá un monstruo o un fantasma o un demonio o, más aterrador aún, simplemente inexistente. Es la experiencia de una persona viviendo dentro de un sistema que le impone ese miedo, un miedo sin resolución, porque justo cuando empiezas a sentarte y cuestionar tus propios temores sobre ti mismo, alguien llega y te interrumpe otra vez.

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