La chica brasileña que me está trenzando el cabello me cuenta cómo viajó hasta aquí desde el norte de Brasil, cerca del Amazonas. Su acento en portugués me cuesta entenderlo, pero escucho cuántas veces dice Amazonía, y le digo que puedo notar lo apasionada que es por eso. Tiene la piel marrón clara y rizos afro apretados, aclarados en las puntas por el sol. Tiene tatuajes de patrones indígenas negros en una columna recta que baja por su abdomen, cruzando por debajo de sus pechos bajo su top, y también patrones en sus brazos y hombros. Es de ascendencia africana y indígena brasileña.

Me cuenta sobre el viaje que hizo hasta Costa Rica pasando por Colombia. Le pregunto si tenía miedo. Al principio dice que sí, pero luego parece cambiar de idea. Dormían en hamacas, viajaban en grupo. Había distintos grupos de pueblos indígenas, algunos africanos, y dormían en contenedores de carga, hacían asados y bailaban con tambores toda la noche. Empieza a hablar con entusiasmo al recordar la fiesta. Fue tan divertido, fue tan divertido. Todos eran muy cálidos y solidarios.

Le pregunto cómo están, los indígenas. Dice que algunos están bien, trabajando, y otros están muy mal, están perdidos. Se pone triste. Le digo que es la gran historia del Amazonas. Sí, dice, tienen un teatro en el pueblo…

Le pregunto si tienen creencias espirituales particulares, y dice que practican en Maranhão, lo cual involucra danza y música. Dice que el cristianismo es demasiado limitado. Estoy de acuerdo. Empieza a bailar y a ponerse alegre otra vez. Después de un silencio me pregunta si tengo creencias espirituales y le digo que creo en la reencarnación, y dice ah sí. Puedo sentir cómo su postura se relaja; no puedo ver su rostro pero sé que está sonriendo, suavemente, con cierta nostalgia.

Leave a comment