La mujer se negó a mirarlo. Él buscó al joven, su espejo. El joven que representaba el alma, que a una edad temprana despertó con la realización de que no creía en lo que el hombre se estaba convirtiendo, y eligió morir antes que vivir esa vida falsa. Nunca estuvo huyendo, estaba consciente, eligiendo, era la ley moral. No era como el hombre temía, era el valiente sacrificio de la vida ante la tentación del miedo.
Mientras él no miraba, el joven se deslizó por completo fuera de ese cuerpo, saliendo en paz al fin, y entró en el hogar seguro. No cerró la puerta de inmediato, se detuvo en el umbral, nervioso por lo que vendría, ahora extrañamente agridulce por el viaje que dejaba atrás, el viaje sinuoso, desgarrador y asombroso que fue la vida del joven, que fue todo lo que él había conocido. Miró hacia el río, ahora oculto de la luz, oscuro, sombrío, silencioso. Imaginó el rostro del hombre, medio ahogado, aún buscándolo también. Un enemigo, un comandante corrompido, un modelo a seguir, un hermano mayor. Pero, sobre todo, el único padre que había conocido.
El hombre buscó desesperadamente al joven, quizás con más desesperación de la que jamás usó al buscarla a ella. Sabía que su final estaba cerca, y en su último momento sintió arrepentimiento y un instinto de supervivencia. Era él, el soldado, el hijo, el salvador, era el soldado lo que siempre había necesitado, más que a ella, más que a nadie; era el soldado quien podía salvar su huida ciega y temerosa, su insaciable autodestrucción, su fragilidad ante el mal alojado en su alma condenada. El soldado que había jurado proteger a todos, y que ahora era el único que podía salvar al alma malvada de su propia retribución.
El joven escuchó los gritos del hombre que se ahogaba y buscó su rostro, para una última mirada, por instinto antiguo y deber, con la ternura increíblemente inocente de un niño, pero ella intervino en ese momento, colocó su mano en la puerta con una suavidad decidida pero firme, excusando al soldado de su deber. Otra mano sobre su hombro, una distracción momentánea, cerró la puerta cuando él se sorprendió por su calidez.
En el silencio insoportable, el hombre amargo sintió un estremecimiento, como si sus huesos se sacudieran hasta deshacerse en la nada, desapareciendo. Su cuerpo, solo una imagen, una fotografía, ahora desvaneciéndose, ahora un recuerdo. En un instante de miedo tan aterrador que resultaba intocable. Un cuerpo dibujado por Dios pero dejado inacabado. Un grito silencioso, que se siente demasiado cerca pero muy, muy lejano, irrelevante. No era nada en absoluto, y entonces no fue nada. El niño estaba libre y vivo; su jaula se disolvió como el polvo que cubre las hojas al borde del camino, una fina película gris que podía deslizar fácilmente de la superficie de su piel.
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