8. Primera noche
La primera noche que pasó con Lucero, se hizo la nota mental de no acostarse con él. Quería ver Diarios de motocicleta en su estudio. Él cambió de postura, incómodo en las sillas rígidas de madera, y su pierna rozó la de ella bajo el escritorio. Ella dejó que el contacto se quedara un momento antes de apartarse. A él no le interesaba mucho la película. En lugar de eso empezó a hablar de la historia de su vida, y de cómo había sido adoptado pero no sentía que en realidad perteneciera a esa familia, que no podía creer del todo que lo quisieran.
—Me gustaría que te dijeras a ti mismo que tus padres adoptivos te quieren.
—No puedo. Me da miedo.
—Puedes hacerlo, yo te agarro la mano.
—Está bien.
Cerró los ojos y murmuró con respiraciones vacilantes y nerviosas palabras mudas para sí mismo, y su respiración se fue llenando de emoción, estallando desde un dolor invisible. Ella instintivamente lo rodeó con los brazos y lo estrechó contra sí, y lo mantuvo quieto. Y ella misma se quedó muy, muy quieta. Lo suficientemente silenciosa como para oír a lo lejos el ruido del llanto de un niño.
La mañana siguiente él le preparó un desayuno delicioso de salchicha con arroz y un lado de aguacate. Ella lavó los platos. Se sentaron en silencio, llenos, completamente felices de estar juntos, sin necesidad de decirlo.
—Tengo 47 —confesó él. Sonreía, se retorcía las manos y se acomodaba el cabello como un niño tímido.
No parecía mayor de 40. Aun así, hizo que ella soltara un jadeo. Eran 13 años de diferencia.
—Demasiado viejo —rechazó.
—No lo es —repitió él con calma.
—Sí lo es.
—No lo es.
—Sí lo es —dijo ella, tratando de no mostrar su exasperación.
—No lo es —repitió, sin cambiar ni un ápice el tono original.
Sus ojos se alinearon con los de ella y se sentó en el suelo, con Isabel de frente, colgando en la hamaca baja a solo unos centímetros de su regazo. Él le besó el cuello y luego le besó la boca. Isabel se olvidó de su novio. Los labios de él eran suaves y curtidos. Ella podía sentir su victoria cerrándose alrededor de ella, seduciéndola con el olor suave, ahumado, animal de sus mejillas. Se imaginó que él era protector como un padre, que la cuidaría. Se imaginó que había llegado.
Él la miró feliz, hechizado por su belleza. «Nunca pensé que estaría con alguien tan hermosa como tú», dijo. Orgulloso de sí mismo, miró a su alrededor, a su reino de cosas bellas. «Dicen que si construyes un jardín puedes atraer a una mariposa, en lugar de perseguirla…». Sus ojos se perdieron en la distancia, hondos en una reflexión contenida, contemplando ese momento como si se hubiera estado preparando para ella durante mucho, mucho tiempo.
Ella estaba horrorizada por su traición a su novio, y sin embargo había algo que también estaba mal en él. No podía evitar sentirse atrapada entre dos males, asfixiada, por dos que actuaban como uno solo. Intentó dejar a Lucero, diciéndole que quería ser su amiga, salió de su casa solo para volver una semana después, vencida por la inutilidad de su ex. Era como si él estuviera atascado, incapaz de moverse. Cuando regresó, Lucero la llevó a un bar y tuvieron una cena agradable. Eufórico por su regreso y celebrando de antemano su triunfo, le reveló sus cualidades menores: la adicción a la marihuana, no pagar impuestos y su deleite en quebrantar la ley, sus peleas con el panadero italiano, sus enredos con las bandas locales de narcotráfico y el miedo que les tenía. Sus fallas morales la repelían, pero había algo en él que despertaba su curiosidad, y no tenía nada que ver con su atractivo, sino con su obsesión secreta y su certeza respecto a ella.
Siempre le ocultaba algo, siempre se comportaba un poco mal, poniéndola a prueba. Ella le dijo que sentía que su vida tenía un propósito mayor, que era un vehículo al servicio del karma. Que tenía la tendencia de renovar a los hombres que habían sido maltratados y de hacer que los hombres corruptos encontraran castigo. Ella lo observó atentamente para ver su reacción; quería saber si era un hombre bueno o malo. Él no mostró ninguna expresión, una máscara de calma forzada, ilegible, como siempre. Pero ella sintió su confusión por dentro: ¿soy un hombre bueno? «No intentes hacerte responsable del karma de los demás», le aconsejó.
Él era reservado. Nunca dijo que estaba enamorado. Solo la miraba como si le rogara que adivinara. Y en vez de eso ella solo decía “secretos”, y él le repetía, “sí, secretos”.
En sus recuerdos, Lucero estaba de pie sobre su brillante motocicleta cromada, mirando las montañas peruanas imposiblemente altas y áridas, un desierto frío y suave en el cielo, caminos angostos y peligrosos serpenteando por sus espectaculares grietas saladas de barrancos cafés de roca intrusiva ígnea y diorita, llamando solo a los hombres más valientes para que fueran y tocaran sus torres de tiempo eterno. Él iba hacia algún sitio, y si ella tenía suerte, podría ir con él también. Adónde llevaban esos caminos, solo Lucero y la carretera lo sabían; era su aventura secreta.
Si se salía por el borde del mundo, entraría en una noche de mil y una historias, en un paraíso de verano eterno, nunca a merced de un hombre más grande o de las fuerzas castigadoras de la vida, de nudos temerosos de esclavitud a la ceguera y al dinero y a la injusticia y a la soledad de ser desconocido e invisible. Solo la promesa del amor y la belleza y la fantasía y los sueños de recorrer el mundo entero, un paraíso del amor, borracho del oasis de sus palmas tiernas, fuertes, envejecidas.
Él echó hacia atrás una mano y la colocó sobre el muslo de ella, asomándose por los shorts de mezclilla desgastados. Ella tomó su mano entre las suyas, como en respuesta, su decisión final, entre él y su pasado, y en respuesta él aceleró, la adrenalina como una corriente eléctrica atravesando a ambos, hasta que ella no pudo distinguir la diferencia entre mañana y ayer, entre su propia piel y el rugido del viento en sus oídos, sin casco, expuesta, temeraria, ya no humana, se volvió un elemento como el aire, un elemento como el vuelo.
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