Epílogo
 

Las montañas negras de Oaxaca

Qué hermosas eran las montañas negras de Oaxaca
en noviembre,
escondidas por la noche y rodeadas por completo de desierto.

Sentí que no había mundo fuera del desierto.
Ni océano ni la Antártida ni China,
solo desierto
y las ciudades de México al frente.

¿Qué murió y fue enterrado en esas montañas de ceniza?
¿Qué nombres, qué almas
dobladas con cuidado dentro de esas rocas torcidas,
frías como hueso?

Qué secretos le oculto a mi amante.

Lo miro a él y él mira el camino, concentrado en manejar por la autopista, va más rápido de lo que está acostumbrado. Está tenso, la cara, el pecho, las manos, él también tiene frío.

Me parece un desconocido. Todos me parecen desconocidos aquí, incluso la gente que conozco, la gente que recuerdo. Es mi cumpleaños, me compró la cena. Estoy pensando en otra persona. Él sabe lo que significa cuando estoy callada. Pero como es mi cumpleaños me canta: piensa en mi, llora por mi, no llora por el.

En momentos como este despierto.

Aquí había un recuerdo, tan antiguo, tan viejo.

Soy igual que esas montañas de Oaxaca.
Soy un alma doblada muchas veces.

Recuerdo vidas que fueron sacrificadas en nombre del amor.

Volví a encontrar a mi amante
Lo sacrifiqué de nuevo
Y quizá lo haga otra vez en la próxima vida.

Tal vez una parte de mí se vuelva cínica y fría, porque en esta vida ardí demasiado. No pude controlar mi rabia.

El camino se ve solo como una ruta extraña y oscura y errante y sin sentido.

Los sueños incumplidos de los hombres se extienden a través de la eternidad, arden por mí y yo ardo también, por algo totalmente distinto.

Mi amante es un hombre violento. Era mucho mayor que yo. Ahora soy más vieja, envejecí con él, era como un padre para mí.

Con el tiempo, los recuerdos se han vuelto hermosos y fascinantes, o quizá siempre lo fueron.

No me molesta contar esta historia cien veces.

Cuando lo visito ahora en mi mente, subo esa colina a su recámara donde estaría leyendo en su escritorio, somos mucho más amables ahora que antes. Ha pasado mucho tiempo, se han aprendido muchas lecciones.

Tengo recuerdos buenos y malos con él. Es como recoger pedazos de espejo, siempre confuso pero interesante y complicado de una forma cool, a veces de una forma insoportable.

Pero el otro, de ese no soporto hablar.

Cuando se trata de él mi boca, mi corazón y mi mente se apagan como si estuviera muerta y enterrada.

No porque esté infeliz, sino porque simplemente no puedo. No sé cómo. Porque no debería, simplemente no debería.

Él siempre está muerto cuando intento alcanzarlo y sin embargo siempre se niega a morir cuando me alejo.

Le dice cosas a mi alma que necesito oír, que mi cuerpo no entiende. Mi mente no entiende.

Me dicen que escriba mi propia historia. Que tengo poder.

Esa gente es idiota.

Algo me trajo hasta aquí y algo me obliga a irme. Nada se elige.

La gente no eligió sufrir los últimos quinientos años.

Estoy tan frustrada. Volví por él y lo perdí otra vez.

Finjo que no sé por qué, pero es obvio, siempre ha sido obvio, nunca quise creerlo.

Entre nosotros está la ruptura de todo el mundo, el sufrimiento de toda la gente, la pobreza, la violencia, que él se niega a renunciar por mí.

Él está consumido por eso hasta el punto en que ya no existe.

Lo que lo mató desde el principio.

Puedo oírlo sin palabras.

¿Qué entiende la psiquiatría occidental sobre las cosas que yo he visto en mi vida, en estas calles, en estos muros inciertos?

Y sé que él tiene razón. Yo no veo porque no quiero ver.

No es algo que pueda arreglarse con ninguna cantidad de estirarnos la mano el uno al otro.

Haría falta un mundo entero entre nosotros para resolverlo.

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