38. Puertas abiertas
Lucero yacía en la habitación oscura. Las olas del mar reverberaban por la cámara vacía de su cuarto a través de las dos puertas abiertas de par en par, al pie de su cama, que no tenía fuerzas para cerrar.
Ya no tenía nada por lo que luchar. Se sentía derrotado, y sabía que eso venía desde hacía tiempo. Sabía que ella se iba, y ese fue el momento en el que dejó de intentar demostrarse ante ella, demostrar que era un hombre bueno y digno. En cambio, se sintió libre de mostrarle cómo se sentía realmente, lo enojado y asustado que estaba por dentro. Quería que ella lo supiera.
Él no era complejo e incomprendido como ella creía. Eligió su vida de exilio, eligió su soledad y su aislamiento. Sabía que ella nunca quiso realmente dejarlo, podía oír las palabras que ella nunca pronunció, la escuchaba cuando vagaba por esas colinas cubiertas de neblina y se perdía en ellas toda la noche. Ella lo llamaba, incluso ahora; solo necesitaba que él fuera fuerte, más fuerte que su padre, más fuerte que su abuelo, lo bastante fuerte como para salvarla de su propia debilidad.
Incluso cuando fue adoptado y querido y cuidado, incluso cuando fue amado más allá de lo justo, incluso cuando lo deseaba desesperadamente, se negó a dejarse llevar, se negó a ser arrastrado lejos de ella otra vez. Se negó a moverse. Era su soldado raro, imposible, valiente, salvaje, incansable. Incluso cuando ella decía que no lo quería, él sabía que sí, que tenía que quererlo, tenía que.
—Madre —lloró en la oscuridad.
Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas viejas y sensibles, mojándole el pelo y la almohada.
—Madre, he sido un buen hijo, solo te he amado a ti. Nunca dejé de luchar por nosotros. Nunca me rendí. Querían que me rindiera, pero nunca lo hice. Incluso cuando intentaron ganarme, incluso cuando se lo merecían, solo te amé a ti, soy tu hijo, tu único hijo, solo te pertenezco a ti.
Se cubrió la cara con las manos y sollozó.
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