37. Tipo duro
Pensó en sus brazos, mucho más fuertes que los de ella. Se cansaba rápido en las olas cuando iban a surfear juntos. Él la dejaba atrás en la espuma blanca y se reía sorprendido cuando ella lograba alcanzarlo.
Ella quería ser una mejor surfista como él, el tipo duro. Siempre libre, siempre afuera talando árboles o surfeando con sus amigos que vivían en tiendas de campaña en la playa, en vez de paralizada en la cama como ella. Haciendo nuevos amigos y nuevas amantes en lugar de recordar al mismo hombre como ella. Yendo a fiestas en vez de escribir en el escritorio de arriba como ella, mirando cómo se apagaba la luz sobre el mar.
Él decía que hacían buena pareja. A él también le faltaba la madre. Isabel sintió los lados vacíos de su cama, estaba sola una vez más. Su piel era tan suave cuando la abrazaba cuando ella no podía dormir. Le susurraba que siempre se despertaría por ella en medio de la noche. Sus ex amantes estaban todas rotas igual que ella, pero ella era a la vez suave y fuerte, decía él. Elegían ropa en la paca y manejaban por todo el país buscando a alguien que los amara a los dos, y él siempre le robaba el protagonismo. Se turnaba entre adorarla y burlarse de ella. Lanzarse a sus pies y lanzarse a los pies de otras mujeres.
Estaban cazando, buscando, pateando y arrastrándose, por su madre, por la madre de ella, por la madre perfecta, ese fuego que arde con el corazón congelado, volviendo tus dedos negros, vaciándote el estómago con su hambre implacable.
Anoche ella se sostuvo a sí misma y susurró que se amaría de todas las maneras en que su madre no la amó. Ay mi niña preciosa, haría cualquier cosa por ti, mi niña preciosa. Se agarró desesperada los propios hombros para no deshacerse en pedazos. Como un animal, como una ladrona en el cuarto de otra persona. Gritó dentro de la casa grande y vacía. La noche, Kali, la diosa madre de la muerte, se llevó sus gritos. Se lo entregó todo.
Eligió entrar en el dolor interminable, ese vacío de existir, sabiendo lo aterrador que sería este mundo sin su madre, sin sus ilusiones. Decidió caminar ese camino de todos modos, sin ninguna promesa por delante, sin nadie que la amara de vuelta, sin nadie que la atrapara excepto estos dos brazos flacos sin otro torso que el suyo propio, el que estaba en llamas, el que dolía tocar.
Tipo duro. Este era el camino que él no podía soportar. No era lo bastante duro para esto. Siempre se colgaba de ella como un gatito casi desvanecido. Casi plenamente vivo, aferrado a su vientre con las garras.
Tipo duro, tan asustado, tan, tan terriblemente asustado. Sus manos llenas de tatuajes temblaban cuando la policía le entregó la orden de restricción.
Ella siempre tuvo miedo, pero era mucho más dura que él.
Golpeada y llena de moretones, se quedó despierta en la cama. Había ganado. Estaba libre de él. Primero lloró de alivio, luego lloró por la ternura que se perdió para siempre.
Fue amor. Y se acabó. Eso le pasa todos los días a alguien en el mundo. Y hoy tenía que tocarle a ella.
Isabel se revolvió en la cama, era muy pasada la medianoche, pero esta noche no era distinta a todas las noches desde la pelea, en las que era incapaz de descansar. Los días pasaban como perlas de obsidiana de un collar que no podía tragarse. Estaba cansada y medio dormida todo el día, pero por la noche un espíritu salvaje de viento aullante la visitaba y atormentaba su mente despierta.
El nombre del mito, Nakome, ¿por qué sonaba tan familiar, y quién era?
Susurró:
—Kanaan-kak.
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