36. La pelea
Durante mucho tiempo, quizá siempre, ella había estado buscando una verdad sobre sí misma, corriendo hacia ella y huyendo de ella a la vez.
Se escondía en los brazos de Lucero, bajo el peso de su fantasía, que se hacía pesada como lápidas. Volvían a pesar de nuevo, como recordaba. Su peso se volvió insoportable.
Alguien, en alguna parte, no quería que se quedara dormida ahí, que desapareciera en ese olvido. Se sintió abrumada por el deseo de ser libre.
Isabel miró los moretones en su antebrazo. Había dos marcas en el brazo derecho y moretones en el dedo meñique y un corte de cuando sostenía la varilla gruesa de alambre en espiral. No estaba segura de cómo se llamaba, pero estaba en el suelo y ella la agarró.
Era medianoche. Había otros huéspedes en el hotel que se habían despertado por los gritos.
Lucero la había empujado diciéndole que se fuera. Le había agarrado el cabello y la había tirado al suelo.
Ella tropezó, tratando de no perder el equilibrio ni pisar descalza las piedras afiladas del jardín.
Su patineta estaba encerrada en el garaje y ella sabía que en la mañana él la evadiría; tenía que recuperarla ahora.
—¿Qué hora es? Mira la hora, mira lo que estás haciendo —la amenazó cuando ella irrumpió en su cuarto.
Él no iba a devolvérsela.
Ella miró alrededor del dormitorio y vio la laptop conectada al cargador al lado izquierdo de la cama. La agarró.
—La rompo a la mitad si no me devuelves la patineta.
—¿Estás loca?
Él se levantó y ella empezó a correr, pero él la alcanzó. Ella tenía miedo de que él se le acercara demasiado.
—Prométeme que me vas a devolver la patineta en la mañana, me voy a las nueve.
Él no dijo nada.
—¡Prométemelo! —gritó.
—Sí —dijo.
Le entregó la laptop y volvió a su habitación. Se sentó en la cama. Él tenía otras cosas que eran de ella: un portatablas para la moto, un casco, algunos libros, y ella estaba dispuesta a dejar todo eso. Pero había algo con el patín que le tocaba una fibra, y él lo sabía. Podía comprarse uno nuevo y evitar por completo su abuso, pero no quería. Se enderezó de pronto y se dio cuenta de que él estaba mintiendo. Bajó otra vez. Sabía que le tenía miedo, por la forma en que él se le había acercado. Pero no estaba pensando. Así que volvió a bajar y golpeó su puerta con los puños, exigiendo el patín ahora mismo, llamándolo mentiroso.
Él abrió la puerta y la empujó: una vez, ella perdió el equilibrio por el shock de que él realmente usara la fuerza contra ella, que de verdad cruzara esa línea.
Los hombres le habían hecho muchas cosas, pero nadie, ni uno solo, había cruzado esa línea antes. Ella estaba en shock con la situación en la que de verdad se encontraba, pero no podía permitirse estar en shock. Tenía que decidir qué hacer, rápido.
Se levantó e intentó empujarlo de vuelta. Él la empujó otra vez y ella trastabilló fuera del porche bajo de concreto y sus pies dieron con los bordes afilados de la grava gruesa del patio. Por poco se cae sobre las grandes y espinosas matas de agave.
Los ojos de él estaban rojos y llorosos, como si fuera él al que habían golpeado, como si ella lo hubiera herido, y estuviera a punto de llorar de desesperación.
Era a Isabel a quien él quería, e Isabel se iba, llevándose todo con ella, no solo una patineta, sino todo lo que él había valorado.
Su cuerpo se sentía tan ligero, pensó, como si no estuviera ahí. Trató de empujarlo de vuelta, pero cuando él la empujaba, ella simplemente caía.
Sus dedos grandes y carnosos le agarraron el cabello, él decía cosas llenas de odio.
—¡Al suelo!
Cuando ella intentaba levantarse, sus dedos en el cuero cabelludo intentaban empujarle la cara contra el piso.
Casi se sintió humillada, podía sentir que esa era su intención. Pero no sentía vergüenza. De hecho, le parecía gracioso.
Le parecía gracioso que ella lo estuviera lastimando y que él estuviera llorando, aunque en la realidad física él la dominaba, le hacía daño, pero a ella le resultaba gracioso hacer llorar a un hombre adulto.
Después de dos años, por fin había encontrado el botón que quería apretar. Sintió la dulce válvula de la venganza abriéndose. Esto era. Irse de él, esa era su debilidad.
Con la cara casi en el suelo, sabía que él podía hacerle más daño, más que esos empujones y que ella se raspase las plantas de los pies en las piedras.
Pero sentía que él no intentaba dañar su cuerpo, solo asustarla y humillarla. Al menos no todavía. Eso le daba espacio para responder. Él quería que ella respondiera. Quería que suplicara y cediera a sus deseos, tal vez que cambiara de opinión.
Pero ella estaba demasiado emocionada por haber encontrado su punto débil, y por el poder que tenía sobre él al irse. Eso le daba tanto valor.
Ni siquiera era valor: satisfacción. Emoción, incluso.
También estaba enojada porque él la estaba humillando. Le gustaría poder lastimarlo también.
Pero él estaba furioso y ella no. Esa era su ventaja.
Él estaba hambriento de su rendición, de violencia y poder. Ella también estaba hambrienta, pero de la ventaja. De las lágrimas en sus ojos, de su explosión final, de la que se arrepentiría en la mañana, de cómo eso significaba que él había perdido esa batalla entre los dos, para siempre.
Estaba lista para aprovecharse del todo de él ahora, de su rabia frágil, infantil, casi inocente y ingenua, y de su dolor.
Su cara estaba a menos de un pie del suelo, mirando las piedras. Pensó en Lucero enojándose con Chica y arrojándola de la mesa.
Antes de levantarse, una sonrisa secreta cruzó su rostro, que se cuidó de no mostrarle, para provocarlo aún más.
Acababa de descubrir una parte de sí misma, como una pieza perdida.
Tenía voluntad de pelear, como si hubiera nacido preparada para pelear y el resto de su vida hubiera sido una neblina adormilada pretendiendo ser cualquier otra cosa.
Claro que se sorprendió. Toda la gente que había conocido le había dicho que tuviera miedo, que protegiera su yo suave y sensible de momentos como éste.
Le enseñaron que la naturaleza humana tiene miedo y se dobla ante el miedo: rindiéndose, cediendo ante la fuerza.
Eso no la describía a ella en absoluto.
La juzgaban por pasarse tanto tiempo en cama llorando. Pero cuando llegaba el momento de crisis, no era como los demás.
Se sentía viva, como si por fin fuera ella misma.
Como un jaguar criado por venados. Ellos siempre tenían miedo y siempre la atacaban a ella porque ella veía lo asustados que estaban, siempre le resultó evidente.
Y ahora Isabel descubría que su falta de miedo no tenía fin.
Se sentía tranquila, incluso feliz. Y sabía que era exactamente lo opuesto a él. Sabía que lo estaba dominando, con facilidad.
Pero la pregunta era qué hacer con esta situación inmediata.
Se sentía tranquila, y mientras más tranquila estaba ella, más miedo tenía él, lo que la calmaba aún más.
El miedo de él era difícil de calibrar.
No confiaba en su estado mental; él estaba frágil, irracional. Entendía que su rabia no venía de un lugar conectado a la realidad, al aquí y ahora.
Por dentro, él estaba lejos, encerrado en una batalla por su vida que venía de años atrás.
Probablemente era más fuerte que ella, pero no mucho, no lo suficiente como para asustarla. Ella también era fuerte, más alta que él por un centímetro.
Como regla, ella nunca, nunca, nunca dejaba que nadie supiera la reserva de poder completo que tenía dentro; siempre dejaba que la gente creyera que era más débil de lo que era. Guardaba esa fuerza para momentos como este.
Pensó en las implicaciones legales de lastimarlo. Era demasiado arriesgado; él estaba listo para explotar, quería crear caos, perder la cordura.
Sentía en él la voluntad de volverse salvaje como un animal y arrastrarla a ese estado de sed de sangre.
Decidió que era mejor marcar un límite y contener su irracionalidad subiendo las apuestas, pero en sus propios términos.
Miró alrededor buscando algo duro. En la baranda de una terraza había una varilla de metal oxidada con borde en espiral, podía haber sido de una herramienta. La tomó, cerrando el puño derecho firmemente alrededor, y la sostuvo en una posición en la que estaba lista para usarla.
Hubo un destello de miedo en los ojos de él.
Él caminó hacia el garaje. Ella lo siguió, sus ojos adaptándose a la oscuridad y sus pies descalzos sintiendo las puntas de la grava filosa.
Él abrió el candado del garaje en la entrada, fuera de la reja, y tiró la patineta al suelo.
Ella la recogió e intentó seguirlo de vuelta a la casa. Él seguía empujándola cada vez que intentaba entrar.
Sus manos le rasgaron la camiseta de tirantes, dejándole los pechos al descubierto, tratando de humillarla otra vez.
Ella no se inmutó.
Después de todas las veces que de verdad había sido violentada, no sintió nada.
Simplemente se acomodó la blusa y reanudó la pelea.
Estaba tan cansada de que él y el maldito mundo entero siempre le quitaran cosas y la usaran. Nada de lo que estaba pasando ahora la molestaba en absoluto.
A la luz del único poste de alumbrado parpadeante sobre el corredor de tierra, el aire helándole la piel a través de la blusa rota y floja, empezó a darse cuenta de que quizá era ella la que había sido empujada demasiado lejos y ya no tenía nada que perder.
Tomó la varilla e hizo toda una escena, balanceándola sobre su cabeza. Apenas usó fuerza; no creía necesitar tanta. Era suficiente dejar claro su intención.
—¿Y eso qué? ¿Qué piensas hacer con eso? —preguntó él, no ya con rabia, sino con miedo.
Ella lo estaba reduciendo a la sumisión con lo lejos que estaba dispuesta a llegar; ahora él intentaba neutralizar y terminar la pelea.
—Soy mujer. Me estoy defendiendo —dijo ella, firme.
Forcejearon por la varilla un minuto, pero la agresión lo estaba dejando, ella podía sentirlo. Lo dejó arrebatársela.
Él dio unos pasos hacia adentro de la casa y, sin voltear, dijo:
—Lárgate. Ahora mismo.
Pero lo dijo sin detenerla, sin siquiera dar media vuelta para ver si lo seguía, como si tuviera miedo de ella.
—Me voy en la mañana, ese es mi plan. Esta noche duermo aquí —afirmó ella.
Él no miró atrás, no podía verla a los ojos. Estaba avergonzado de en lo que se había convertido.
Le había prometido que nunca la tocaría, que era un hombre seguro y que había cambiado.
Pero nunca podría deshacer esa noche.
—Buena suerte con tu nueva novia —dejó escapar ella una risa amargamente traviesa mientras subía las escaleras, como diciendo: no olvides de qué va esta pelea, va de que no puedes obligarme a amarte.
Lucero volvió a su cuarto. Sus puertas, antes cerradas con llave a cal y canto, se quedaron abiertas a la noche fría.
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