33. Confesión

Estaban sentados juntos en silencio, mirando el mar desde la cocina. Así pasaban muchos de sus días. Lucero era viejo y le gustaba la rutina.

A menudo se sentaba a su lado incómodo, abrumado por lo que sentía por ella. A menudo soltaba una confesión de golpe, aparentemente de la nada, sin contexto alguno.

Le costaba poner en palabras sus pasiones más profundas; sus sentimientos chocaban alrededor de él, su sentimentalismo sobrepasando su secretismo, como si tropezaran con los muebles dentro de su cabeza, hasta que llegaban a su boca y se escapaban.

—Mataría a un hombre por ti.

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