32. Nacido esperando

En muchos sentidos Juan nació esperando. Siempre sintió que estaba esperando a que alguien llegara. Podía esperar para siempre. Su padre decía que un hombre es alguien que decide su propio destino. De niño, él era pasivo. Era pasivo cuando su padre decía cosas de él que él no quería oír, cosas que un padre no debería decir. Él solo intentaba ser un buen hijo para su madre.

Todos pensaban que había algo que le faltaba, algún tipo de agencia o ganas de vivir. Pensaban que quizá era demasiado tímido o tonto. Él nunca intentó corregirlos, nunca supo cómo explicarse. Solo sabía que estaba esperando una señal.

Tal vez por eso nunca se acercó a Isabel cuando quería, cuando ella lo quería, cuando ella lo necesitaba.

Últimamente algo estaba cambiando. Ahora empezaba a moverse, poco a poco. Como bloques de basalto que se mueven sobre troncos, lentamente e inevitablemente, hacia su destino. Sentía una necesidad peligrosa de estar más cerca de ella.

Manejaba hasta el final del camino oscuro y polvoriento. El sendero rocoso subía en una pendiente pronunciada que daba paso a la casa asentada en el costado del acantilado. Tenía solo dos pisos, pero se alzaba sobre él por la elevación. Apagó el motor y se acercó caminando. Alzó la vista hacia las luces que salían de adentro. La noche estaba silenciosa.

Juan sabía que ella estaba allí con él. Eso lo atravesó como una flecha al pecho. Ella no debería estar ahí, sentía que estaba mal, pero se dijo a sí mismo que ella había tomado su decisión.

Su cuerpo no se movía, se resistía; ansiaba la confrontación, pero tenía miedo de lo que eso significaría para ella.

Lucero salió de la habitación. Miró hacia el océano y se apoyó en el barandal con los codos, anticipando su triunfo. Ella estaba exactamente donde él la quería. Había vuelto a su vida y esta vez él estaba al mando.

Tenía todas las opciones: la seguridad de su novia y la promesa de ella. Miró las luces del pueblo de playa allá abajo. Soñó con este momento toda su vida: la certeza de pertenecer, de ser deseado. Nadie entendería jamás los sacrificios que había hecho para llegar ahí. Su destino estaba al alcance de la mano.

Si tan solo lograra convencerla de quedarse más allá de la semana. Encendió un cigarro, nervioso. El tiempo que habían pasado separados lo sacudió. Casi lo destruye, pero no del todo. No se rompía tan fácil.

¿Nunca has querido que te amen tanto que se te olvide todo? Amado tanto que puedas volver a imaginar. Puedes inventar mundos o versiones de ti. Tal vez puedes tener el pelo rojo. Tal vez puedas bailar, tocar la guitarra. Puedes ser lo que imaginas. Ser amado tanto que alguien te crea, incluso cuando no eres real.

Ellos pueden volverlo real si se lo creen lo suficiente, si tan solo tuvieran el poder de seguir creyendo, porque Lucero se cansó de creer. Era viejo, y el mundo se hacía más pesado y duro cada día. Intentaba no mostrarlo, pero tenía miedo.

Y luego llegó Isabel, y ella era fuerte, mucho más fuerte de lo que sabía, más fuerte que el mundo entero. Lo bastante fuerte como para hacer realidad las cosas en las que él creía. Así que él esperaba que ella creyera en él, que lo eligiera.

Oyó el rugido distante de un motor de moto. Miró hacia abajo y vio una figura oscura alejándose.

La rabia y la paranoia lo sacudieron. ¿Quién era? ¿Qué le estaba ocultando ella?

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