2. Cuenta bancaria

Él había llevado las cosas demasiado lejos. Pensó en la última vez que revisó su cuenta bancaria. Unos 800 dólares. Con eso podía llegar a alguna parte. El bus costaba 40 dólares y salía a las 4 de la mañana. Ella se atormentó con eso. Con la lluvia y su maleta llenándose de barro y tener que bajarla a rastras por la cuesta. Pero ¿qué opción tenía? Fue al cuarto de él, tomó las llaves de la puerta y abrió su propio cuarto. Empezó a empacar sus cosas con un pánico contenido. Intentó no llorar, todo su cuerpo sentía ganas de temblar. Se decía: está bien. Está bien dejar los libros. No quería, pero pesaban mucho. Y dolía, dolía demasiado. En algún lugar, muy al fondo de su mente, donde guardaba sus pensamientos privados, recordaba que eran importantes, pero no podía elegirlos, y si no podía elegirlos entonces no tenía sentido ir a ningún lado. Y solo ese pensamiento casi la rompió más que toda la otra mierda que había aguantado.

Se oyeron los pasos de Lucero subiendo las escaleras. Isabel se sintió desafiante. Sabía que eso iba a provocar una pelea, pero se sentía bien de defender algo, de haber tomado una decisión. Esto le va a demostrar algo, pensó. Qué exactamente, no lo sabía. Ya no conocía las formas de las cosas. Era como irse quedando ciega poco a poco. No podía poner en palabras las formas y contornos del control que tenía sobre la realidad objetiva, pero recordaba las cosas que eran poderosas. De una memoria lejana. Algunas ideas que jamás podría olvidar, como aprender a tocar piano, las seis notas iniciales de Für Elise y cómo sus dedos aprendieron a cosquillear la melodía. Tocar para su madre porque ella nunca tuvo la oportunidad de aprender. Los recuerdos de las cosas importantes, la manera en que su madre le enseñó a ser fuerte, las reglas de la vida. Y ahora había hecho una de esas cosas importantes, mientras seguía enrollando sus vestidos y metiéndolos a la maleta uno por uno, con las manos temblando, de miedo y rabia y cansancio, pero la mente aún enfocada. Gracias a Dios por su mente, pensó.

Pero la mente se acabaría eventualmente, y el miedo y la emoción tomarían el control. La emoción venía de la nada y era como un monstruo que la dejaba expuesta y llena de moretones. La perdía de sí misma. Delataba sus secretos. Pero tenía que empacar ahora antes de que el monstruo regresara.

Lucero pasó directo frente a la ventana de su cuarto. Sin decir una palabra se fue al suyo. Ella siguió organizando y metiendo cosas en bolsas. Podía sentirlo implosionando, como si las paredes entre su cuarto y el de él fueran tan delgadas, delgadas como su paciencia, siempre hecha jirones. Eventualmente él llegó a su cuarto.

—¿Así que de verdad te vas? ¿Ya? —Tenía los ojos rojos—. ¿Ni siquiera vas a intentar?

Podía sentir al monstruo acercándose, queriendo treparle desde la garganta hasta los ojos. Intentó no ceder, quería que todo el dolor se detuviera, ya mismo. Su voz se sentía como consuelo, pero ella sabía que era una trampa. Aun así, una parte de ella quería creer. No dijo nada, pero la tensión dolía.

—Tú sabes por qué —dijo, practicando las palabras en su cabeza antes de decirlas.

—Isabel, hablemos. Por favor. Por favor, solo mírame, Isabel, mírame.

No lo miró. Contó hasta diez, no lo soportaba. Alzó la vista. Su cara estaba cálida y suplicante. Cuanto más se acercaba él a ella, más miedo le daba todo. Como si eso amplificara todos sus miedos sobre el mundo de afuera y en cambio lo hiciera sentir a él tan seguro. Quería creerle. Estaba tan cansada, solo quería creer, ya casi oscurecía y no quería seguir preocupándose por el mañana.

—Está bien —dijo—. Hablemos.

Así que hablaron, hablaron de comportamiento y dinámicas y cambios y de hacer que funcionara. Y ella cautelosamente hizo las paces con él. Quizá lo he explicado bien, pensó. Tenía fe en sus palabras, si en nada más. Pero al acostarse en la cama junto a él, con sus ronquidos llenando el silencio entre sus pensamientos, recordó tristemente aquel día del viento y la motocicleta, y cómo ese recuerdo se sentía como el recuerdo de otra persona por completo. Y el espacio entre ese entonces y ahora la hizo llorar.

Pero la verdad es que él la amaba, a veces. La abrazaba en medio de la noche cuando los terrores venían a visitarla. Venían todo el tiempo, pero ella no sabía qué hacer. Había pasado una vida entera desde entonces, pero los recuerdos se quedaban como guardias de prisión, vigilándola siempre. Recuerda un nombre, un colchón en un sótano, y el terror que empezaba en la ingle. Y cada vez que comenzaban los terrores ella luchaba, luchaba con fuerza, pero perdía cada vez, y quedaba derrotada una y otra vez. Y empezaba desde cero, y tendría que luchar otra vez para contenerse de no tomar Tylenol sin razón o algo peor, sin razón alguna.

Lucero le hacía olvidar lo difícil que era mantenerse armada, resistir las ganas de desaparecer por completo. Así que cada noche lo tomaba otra vez, como una Tylenol.

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