26. Día de Muertos

Las noches se estaban poniendo más frías a medida que octubre maduraba. El pueblo había estado preparándose para el Día de Muertos todo el mes. En la última semana, los restaurantes cerraron mientras la gente dejaba de trabajar por completo para comprar flores de cempasúchil, pan, calaveritas de azúcar, cruces y más. El dulce aroma del copal se mezclaba con el humo pesado y sabroso de las parrilladas, llenando la angosta calle empedrada. Mujeres redondas y robustas servían chocolate caliente desde gigantescas ollas de lámina humeante en cada esquina.

Jóvenes caminaban cargando bolsas más grandes que sus cuerpos, llenas de docenas de panes, preparados baratos y en cantidades enormes. Estaban decorados con glaseado blanco en elaborados diseños de flores y santos. Eran secos y sin sabor a propósito, para repartirlos en la noche de la celebración y comerlos remojados en chocolate caliente.

Las vitrinas y puertas de las tiendas estaban cubiertas con diseños hechos de flores naranjas y moradas empaquetadas juntas en densas capas. El cementerio al norte de la plaza principal estaba pesado de tráfico de pies, mientras familias devotas decoraban sus tumbas con velas, ramos, latas de Coca-Cola y cajetillas de cigarro.

La gente se movía como si hubiera despertado de entre los muertos, de la seriedad de sobrevivir, emocionada por visitar a sus muertos otra vez. Para la mayoría de las familias era la única vez que todos estarían juntos. Las flores naranjas encendían las calles como un fuego salvaje jubiloso, lo bastante brillante como para que los espíritus del otro lado encontraran el camino de regreso a casa.

Lucero extendió la mano, indicándole a Isabel que la tomara. Ella dudó, sin querer marcar el tono equivocado para lo que quería decirle, pero se la dio. Porque ahora mismo, no tenía opción.

—¿Qué pasa? Te saqué como querías. Me esforcé en planear esto. ¿Y me vas a salir con actitud?

—Quiero terminar —anunció.

Si Lucero estaba devastado, no lo mostró.

—Siempre dices eso. Pero tú solo eres de apego evitativo, ya lo hablamos.

Ella no cedió ante su indiferencia. Recordó su silencio de los últimos días y sabía que esa no podía ser su vida. Se negó a que esa fuera su vida. Sabía que él quería verla alterada como siempre, y que si ella lograba mantenerse tranquila y amable, así sería como podría ganar.

—Creo que estaríamos mejor como amigos.

Él notó su calma y sus pasos se hicieron más lentos. Parecía desconcertado. Pero respondió alegre:

—Me da gusto que puedas ser tan madura con esto, creo que es sano. Estoy muy feliz por ti. ¿Conociste a alguien?

Ella, por supuesto, no respondió.

—Estoy feliz por ti. De hecho me siento libre, me siento mejor. Gracias por esto. Nunca me había dado cuenta de cuánto lo necesitaba.

Isabel se iluminó.

—Ay, Lucero, qué alivio que lo entiendas. Tenía tanto miedo de que te enojaras.

—A los dos nos encanta la libertad y no podemos estar atados. Somos espíritus salvajes.

El baile de Halloween había empezado y un escándalo de trompetas conquistó el aire. Calaveras, hombres lobo y ángeles se reunían bajo un mismo ritmo. La cerveza salpicaba de botellas agitadas y los jóvenes gritaban: “¡Woop woop woop!”.

—Ven, baila conmigo —le ofreció la mano.

El resto de la noche fue un borrón borracho de ruido, vueltas y pies adoloridos. Por primera vez ella se sintió relajada. Se burló de él por la forma en que inclinaba el celular para parecer más alto en las fotos y él sonrió.

—Esto es mucho mejor para nosotros —dijo—. Nos estábamos presionando demasiado.

Había sido encantador toda la noche. Cuando hablaba, ella sentía una punzada de arrepentimiento y dolor, pero no hizo nada al respecto. Parecía demasiado tarde. Pero cuando él la tomó en sus brazos, ella se dejó. Y cuando lo molestó, rió y se divirtió, él también se lo permitió.

—Imagínate que abro una tienda y todo es mercancía solo con mi nombre. Todos estarían confundidísimos. Lo comprarían solo porque pensarían que es algo que hay que hacer —se rió—. La llamaría “La tienda de Isabel”.

Lucero soltó una risita.

—Y tú podrías tener tu propia tienda solo con playeras negras porque lo único que usas son playeras negras.

Él sonrió.

—Estoy agotado, vamos a dormir. Intenta meditar.

Ella estaba nerviosa y sentía mariposas. Se sentía como cuando se enamoró de él por primera vez. Se sentía rara, excitada. No podía dormir. Agarró el teléfono y escribió un poema para Lucero. El poema de cómo él hizo que las piezas de su cuerpo volvieran a encajar, como un millón de estrellas. De lo mucho que sentía terminar con él y de lo sentimental que por fin se sentía por él. Todas las cosas que nunca había llegado a decir.

Por la mañana empezó a llorar. No estaba segura de cuál era la causa, pero sentía que tenía que hacerlo, que su cuerpo lo necesitaba, así que lo hizo. Lucero no la consoló como siempre. Guardó silencio por un largo rato. Ella lloró durante mucho tiempo. Miró el reloj. Llevaba dos horas llorando. Finalmente rompió el silencio.

—¿Vamos a brunch afuera?

—Me vale madres lo que hagas, ve sola. No quiero involucrarme en tus planes.

Isabel se quedó pasmada.

—Pero no entiendo, ¿qué hice mal?

—Estás llena de odio, ¿verdad? ¿No te acuerdas de las cosas tan asquerosas que me dijiste anoche? ¿Sobre mi familia?

—¿Cuándo? Dime qué exactamente porque no me acuerdo. ¿Cuando hablé de tu altura? Estábamos riéndonos.

Él no dijo nada.

—¿Cuando hablé de la tienda?

Él no dijo nada.

—¿Qué fue exactamente? Tienes que decirme qué dije exactamente o no te voy a creer.

Él no dijo nada y eso la estaba matando. ¿Pensaría que ella estaba texteando con otra persona?

—Estaba escribiendo un poema para ti, por eso no dormí.

—Me vale verga tu poema —se levantó y empezó a doblar su ropa.

Así que eso era, pensó. Solo estaba celoso y paranoico.

Las manos le temblaban.

—Mira, déjame leértelo:

Te voy a amar
por mucho tiempo
Tal vez después de que mueras
Me acuerdo de cómo
hiciste que las piezas de mi cuerpo se sintieran
como un millón de estrellas
No puedo dormir nada
porque el abismo dentro de mí
me hace sentir que podría caer para siempre
y no puedo mirar hacia abajo
Pero esta noche
encontraré una forma
de vivir sin ti

Dejó el poema a un lado con nervios y miró a Lucero.

—Es una completa mierda.

Isabel ya no pudo aguantar. Se fue al baño a llorar. Se sentó en el piso con un rollo de papel en la mano, limpiándose las lágrimas. Lloró porque por fin había perdido el juego. Porque estaba finalmente rota más allá de sus propias fuerzas, y se sentía bien dejar de intentar, dejar de fingir ser fuerte, pero no podía dejar de llorar.

No podía borrar las palabras que él le había puesto a su poema. Su primer poema en años. Ese en el que le tembló la voz al leerlo. Y no lo soportaba. Lloró para siempre. Ya era mediodía cuando salió del baño. El cielo azul brillante y las palmeras ondeando, como si nunca hubiera pasado nada malo.

Lucero salió de la cocina con té en la mano.

—Isabel, lo siento, lo siento tanto. No tengo palabras. Lo siento muchísimo —empezó a llorar—. Tengo un problema con la ira, ahora lo veo. Nunca voy a enojarme otra vez. Tú me mostraste mi dolor. Lloraste por mí. Gracias. Gracias por llorar por mí.

Y entonces la abrazó por detrás. Ella aún no podía levantarse del piso. Simplemente miró el cielo azul cobalto y el viento, y por primera vez en su vida se sintió feliz. Débil, pero feliz.

Se dio la vuelta y lo abrazó.

—Dijiste que ya no querías que te tocara. ¿Estás seguro de que está bien?

Y ella asintió y lo besó para mostrarle que lo perdonaba. Porque ya se había acabado, habían llegado al otro lado de la soledad. Todo iba a estar mejor ahora.

Pasaron el resto del día felices juntos. Se sentían exhaustos y con hambre y salieron a cenar. Se transformaron en sus alter ego para la tercera y última noche de festejos. Ella se pintó la cara de blanco y delineó con pintura negra una calavera de Catrina, y añadió pegatinas de joyas rosas, blancas y moradas en patrones en espiral alrededor de la cuenca negra del ojo, de su sonrisa esquelética y de la frente.

En la cabeza llevaba una corona de rosas y cempasúchil, alternadas, recién cortadas de los mercados de flores alrededor de la ciudad, y tejidas en diademas con hojas de palma jóvenes y flexibles, peladas y ablandadas, para luego trenzarlas o torcerlas en el armazón.

La cara de Lucero también era blanca, pero líneas azules en forma de triángulo le bordeaban los ojos y pintura roja delineaba su sonrisa para su máscara de Joker. Su boca era naturalmente anchísima y no tenía que prolongar las comisuras en absoluto. El azul y el rojo le chorreaban por la cara por el calor de su cuerpo y cuando sonreía, mostrando todos los dientes, el resultado era inquietante y escalofriante.

Los gordos mexicanos lo animaban desde sus carros, tocando el claxon, gritando y aplaudiendo con alegre reconocimiento por su anti-héroe querido. Lucero levantaba el puño y reía triunfante; había conquistado el momento, se volvió rey de la noche.

Le compró comida italiana por su cumpleaños, le cantó y le tomó fotos. Le consiguieron un pastel gratis de postre. Hubo un momento en el que a él le sirvieron un platillo mejor que el de ella y, por alguna razón, eso la enfureció, pero se lo guardó.

Le inquietaba que el enojo no se fuera, la conciencia de una rabia no dicha, rondando sin importar cuánto esfuerzo hiciera por ignorarla.

Por toda la ciudad de Oaxaca se extendían mexicanos rendidos, borrachos y exhaustos, tropezando en los adoquines, apoyándose unos en otros sobre las banquetas, o increíblemente hacinados por cientos dentro de pequeños Oxxos comprando aún más cerveza.

Amantes, amigos, madres y padres con sus hijos se aferraban a sus espíritus festivos, negándose a admitir su aburrimiento ante los demás; se sentaban solemnes en sillas de plástico, recargándose unos en otros entre montones de cobijas, como empanadas, con los párpados pesados abrumados por días de fiesta, comida, baile y disfrute, de colocar cigarrillos y latas de Coca sobre las lápidas de sus muertos, cada tumba decorada con más flores y series de luces baratas que la anterior.

Las noches empezaban a confundirse; cuál tumba era la de ellos o la de sus vecinos, todas empezaban a verse iguales a medida que se desgastaba la novedad. Rancheras y sus guitarristas atacaban los tímpanos de los veteranos de la fiesta con su ya chillona versión de Amor Eterno, que llevaban tocando tres días sin parar.

Las flores se marchitaban y se caían de los arcos de las puertas y se esparcían por las aceras, junto con platos de comida a medio comer abandonados por sus dueños. En todas partes, la gente se desplomaba unos sobre otros, se doblaban hacia el suelo, negándose a ponerle nombre al cansancio interior que los empujaba a esos extremos sobrehumanos de celebración, y en cambio lamentaban, en solidaridad, la angustia de sus mentes, cuerpos y almas crudos de resaca.

La pareja disfrazada deambuló de un lado a otro por la calle, fingiendo alegría como los demás, mirando los mismos escaparates, pasando frente a los mismos puestos de comida, los mismos edificios, las mismas decoraciones que habían visto los últimos tres días. Nada era nuevo excepto los peatones, cómicamente agotados.

—Aquí no hay nada —suplicó Isabel volver a casa, pero Lucero estaba empeñado en llegar al final de la calle, al otro extremo de la plaza central, donde los comerciantes estaban cerrando sus puestos. Ahí encontró un collar de cuentas de cristal transparente moradas y un dije de madera morada, pintado con un patrón dorado de lazos, regateó con el vendedor y se lo entregó como regalo de cumpleaños.

Isabel se lo puso de regreso a casa, quedándose dormida con los sonidos del radio, voces fuertes pero desgastadas del pasado distante declarando amores amargos, trágicos, desesperados, excepcionales, triunfales y desgarradores.

Se despertó a las cinco con el presentimiento de que estaba en serios problemas y notó que Lucero no estaba. Se dijo a sí misma que no había nada de qué preocuparse. Pronto oyó la moto familiar subiendo la entrada. Entró con gafas de sol, con una expresión dura en la cara. Ella le hizo señas con la mano, y él levantó la vista, con una mirada de corazón roto. Eso la descolocó profundamente. Sabía que algo malo estaba a punto de pasar, pero no quería creerlo.

—Lucero, háblame, ¿qué pasa? ¿Qué pasó? ¿Está todo bien?

Él la sentó y se acomodó tranquilo en la orilla de la cama, de espaldas a ella.

—Tengo que decirte algo. No sé cómo lo vas a tomar ni si algún día me vas a perdonar.

—Solo dilo, puedes hablar conmigo. Sabes que soy tu persona segura.

—Te acuerdas de Lydia, la de la noche de salsa, la que baila muy bien. Pues ella quiso que me fuera a su casa y yo ya traía demasiadas copas encima. Una cosa llevó a la otra y, te juro que no pasó nada. Aunque tenía muchísimas ganas. De verdad tenía. Ella intentó hacer algo. Y yo quería, pero me detuve. Pude haberlo hecho, pero me detuve. Bueno, me quedé toda la noche porque no estaba en condiciones de manejar. Pero casi la cago muy, muy feo.

Lydia era cinco años menor que Isabel. Tenían casi la misma estatura y una complexión parecida, las mismas piernas largas y torneadas; de espalda, cualquiera podría confundirlas con hermanas. Lydia era la única mujer que le había elogiado el vestido cuando las demás la miraban con una envidia fría y distante.

Lydia, la que le decía cosas suaves como “todo va a estar bien”, sin preguntar por qué Isabel estaba sola en la barra cuando ella tenía que escapar de esa casa otra noche más.

Lydia, a la que Lucero sí le hacía caso cuando le daba consejos de bachata, pero nunca a Isabel.

Lydia, de la que él hablaba de tomar clases privadas de baile y nunca lo hacía.

Lydia, con la que se la pasó hablando toda la noche en su primera cita con amigos, y más tarde en el supermercado empezó nervioso a tararear la marcha nupcial para Isabel.

Hay distintos sabores de celos. Cierta competencia y reto son estimulantes, electrifican las partes perezosas y complacientes de una. Pero estos celos eran sucios e injustos.

Estos le envenenaban los pulmones, como si él la hubiera encerrado en un cuarto en llamas, denso de humo negro, y estuviera atrancando la salida. Tenía que salir de ahí.

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