25. Puebla

La pareja estaba sentada en un restaurante en Puebla, un centro histórico bellamente sobrio. Era la capital del estado de Puebla, enclavada entre el caóticamente moderno estado de Ciudad de México y el maximalista y tradicional estado de Oaxaca.

El restaurante era un establecimiento antiguo, nada espectacular, pero digno de su ubicación en el centro de la ciudad, en la esquina de la alameda del parque central, bordeada por grandes árboles de copa oscura y densa y un elegante empedrado gris.

La decoración consistía en paneles de madera oscura en paredes y techo que sugerían que el edificio tenía 200 años o más, pero el negocio en sí, con sus retratos deslavados en tonos azules de platos de arroz y hamburguesa adornando las paredes, sugería que se había quedado congelado en los años 70, sin hacer grandes alusiones a su historia notable, y simplemente seguía sirviendo sándwiches de tres dólares y otros básicos de almuerzo para visitantes hambrientos y atareados.

Su humildad quizá se debía a la propia ciudad mayor; cada edificio en el centro tenía 300 años o más.

Isabel pidió una sopa cremosa y ensalada y salchicha.

Lucero se burló:

—De verdad te encanta la salchicha.

—Sí, es solo carne de caballo, ¿no? Te hace fuerte y resistente.

Lucero se rió.

—Ni de chiste, no las salchichas baratas que hacen aquí, yo ni las tocaría, no tienes idea de lo que les ponen.

Isabel sí había notado que sabían bastante grasosas. Rápido perdió el apetito.

En ese momento tuvo un pensamiento interesante.

—¿Cómo es que yo sé todo sobre ti, sé qué comida comías cuando tenías 5, 10, 16 años, sabía exactamente qué querías y cómo pensabas en cada etapa de tu vida, y podría repetirlo todo porque lo tengo memorizado de memoria, pero tú no sabes nada de mí?

Él pensó en ello, no sin curiosidad. Se iluminó:

—Sí, creo que quiero aprender más de ti.

Isabel se desplomó en una especie de alivio molesto, sabiendo que era un avance importante y a la vez preguntándose si él era demasiado inmaduro, si había que enseñarle demasiado, si valía la pena.

Horas más tarde, manejando hacia la siguiente ciudad destino por la carretera oscura, Lucero bajó suavemente el volumen de la radio. Nervioso, le preguntó a Isabel:

—¿Qué hiciste en tu cumpleaños el año pasado?

—Bueno, estaba sola. Fui a un restaurante lindo por mi cuenta y tuve una comida tranquila. Estaba pensando en mi vida y en las cosas que quería cambiar. Admito que me sentí muy sola ese año.

—¿Qué haces cuando te sientes sola? —preguntó con mucho cuidado. Casi le estaba agarrando la onda.

—Creo que he aprendido a depender de mí misma emocionalmente.

Isabel notó a Lucero moverse incómodo. Rápido intentó hacer ese momento más digerible para él antes de perderlo.

—Aprendí a ser fuerte por mi mamá.

Lucero asintió. Hubo un largo silencio. Él miró por el parabrisas.

—Tuve un sueño con tu madre.

—¿Mi madre? ¿Por qué carajos te atrae mi madre? —gritó Isabel—. ¿Qué mierda?

—Nunca dije que me atraía… —murmuró algo evasivo, pero ella dejó de escuchar.

Ella había tocado algo discretamente detonante, aunque él ni lo notó. Pero para ella, eso explotó por completo todo lo que entendía sobre él.

Pensó que él quería sanación, o poder, o su afecto. Se equivocaba, no tenía idea de lo que él quería de ella.

¿Qué le pasaba a ese hombre?, de veras estaba desconcertada. Había un nivel de racionalidad que él estaba rompiendo en su entendimiento de la mente. Lo que él necesitaba afirmar, demostrar, controlar, y por qué. La pregunta era por qué. ¿Qué tan disfuncional era y hasta dónde llegaba?

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