22. Redes de pesca

Juan estaba enrollando la larga línea de anzuelos que se usa para pescar. Ayudaba a su amigo a recoger cuando volvían de la pesca de las 4 de la mañana todos los días. Se había acostumbrado al fuerte olor salado de pescado y algas en sus manos. Disfrutaba su rutina. Disfrutaba el mar y estar cerca de él. La forma en que entendía las emociones era distinta porque entendía el agua y su desconcertante fuerza.

Había examinado y catalogado cuidadosamente cada breve interacción que compartieron. Su mente daba vueltas una y otra vez como sus manos dando vuelta a la línea de pesca, trabajando rápido para mantenerla ordenada. Oscilaba entre dos extremos: ella gustaba de él, o a ella le daba igual. Esos extremos se enredaban con las fantasías de su propio deseo, un deseo que lo asustaba.

Deseo y añoranza, ese era el problema. No eran cosas tangibles, no como el pan y la leche de la vida diaria. Sus manos eran fuertes y gruesas y precisas en el trabajo. Siempre sabía quién era, nunca cedía ante las exigencias de la vida. Cuando la gente lo molestaba, él no se fastidiaba, al menos no por fuera. Simplemente esperaba a que la tormenta pasara, porque siempre pasaban.

Era un hombre paciente. Esa era la solución. Pero también el problema.

El tejano

Isabel miró su rostro en el espejo. Las sombras en su cara se habían vuelto pesadas y su piel estaba cetrina. Recordaba haber sido insegura antes, como todas las mujeres. Pero sabía cómo solucionarlo. Eso era lo que la hacía diferente y segura. Usaba su mente para solucionarlo.

Pero ahora, cuando intentaba, no podía recordar su secreto. Tal vez debería haberlo escrito. No era solo que no pudiera recordarlo: dolía recordarlo.

Las palabras de Lucero rebotaban en su cabeza: “Ya no puedo mirarme a los ojos por tu culpa.” Bueno, ese no era él para nada, era ella. Ella lo sabía. Pero no podía saberlo. Era absolutamente imposible. Era la paradoja aterradora. Que lo real no fuera real.

Lo real estaba dentro de ella, donde ni siquiera podía acceder. No podía sacarlo como una pistola y apuntárselo entre los ojos a Lucero como quería. No podía llegar a ello. Y en cambio, tenía en sus manos lo que él decía, lo que él sentía, lo que el corazón retorcido de él deseaba. Lo llevaba en su mente y su cuerpo, raspada y vaciada como un envase.

—Uf, eres demasiado bonita para no bailar.

La voz arrastrada venía de bajo un sombrero negro de vaquero.

—No podría, vine con mi novio —sonrió cortésmente.

—Bueno, ¿y dónde está?

Intentó no mirar directo hacia Lucero, feliz, entretenido con unas amigas en la barra.

El hombre no era exactamente guapo, pero de algún modo sí lo era. Tenía actitud y seguridad y justo el nivel correcto de rudeza. Bueno, era sexy. Y divertido.

—Yo antes era maestro de baile —presumió. Ella intentó seguirle el paso pero sus pies hacían pasos rarísimos y le costaba seguirlos.

—¿Qué tipo de salsa es esta?

—Esto, linda dama, es salsa cubana, no como la salsa mexicana. Tiene más sofisticación y velocidad. Mira, te enseño.

Cada vez que él la giraba para que quedara mirando hacia Lucero, ella podía ver la rabia hirviendo en su cara. Pero le gustaba.

—Wow, bailas bastante bien. Sabes, eres justo mi tipo. Las mujeres coreanas son las mujeres más hermosas del mundo en mi humilde opinión. Mi ex esposa era coreana. Pero caray, tú eres la mujer más hermosa que he visto. Y también sabes bailar salsa. Uy, estoy en problemas.

Este tipo de verdad dice todo lo que piensa, pensó Isabel. Le caía bien, era simpático y gracioso.

Él empezaba a ponerse un poco nervioso. Se quedó callado, dándose cuenta de cuánto quería algo más. Ella sonrió en respuesta.

La música cambió a bachata.

—Esta es mi canción favorita —dijo ella. Bailaron cerca, sus cuerpos apretados donde se sentía bien. Es el tipo de baile que te hace sentir que no son extraños para nada.

—Soy Tony.

—Isabella, pero me puedes decir Isa.

—Oye, ¿por qué no salimos a tomar aire? Aquí adentro ya está bien caliente.

Él le agarró la mano antes de que pudiera protestar y ella descubrió que no quería decir que no. Era demasiado divertido y la libertad sabía tan bien, se sentía tan correcta.

Había llovido antes y las bancas del pequeño parque estaban mojadas. El hombre se quitó el chaleco y le hizo una seña para que se sentara encima. Isabel se sorprendió a sí misma:

—Tengo una idea mejor: tú siéntate sobre el chaleco y yo me siento sobre ti.

Él se quedó pasmado. Y casi tuvo que ayudarlo a colocarse para poder sentarse en su regazo. Tratando de esconder sus nervios, él encendió un cigarro.

—Yo casi no salgo porque siempre estoy trabajando. Soy un adicto al trabajo. Tengo tres negocios. Eso es lo que tienes que entender de mí y de estos otros hombres. La mayoría de los hombres no tienen autoestima. No intentan hacer nada de sí mismos. Yo soy hecho a mí mismo, como me enseñó mi padre. Solo tengo 34 y casi que estoy jubilado. Tengo propiedades en países por todo México y Texas. Estoy tratando de enseñarte algo sobre los hombres, porque no todos somos iguales. Y estos hombres te van a mentir y a fingir que son algo que no son.

Parecía desafiante, arrogante, casi enojado. Pero ella veía sus nervios, y ella la estaba pasando genial, y asentía como si estuviera aprendiendo algo importante. Él vio a través de su respuesta y se tambaleó, descolocado ante su falta de impresión.

—Es muy interesante —dijo ella, divertida. Cuanto más divertida se sentía, más nervioso se ponía él.

—Entonces, ¿qué onda con ese novio? ¿A qué se dedica?

Isabel empezó a ponerse nerviosa. Como si el reloj acabara de dar las doce y ella fuera Cenicienta.

—No debería hablar de eso. Deberíamos entrar, ya me está dando frío.

Los ojos de Tony se apagaron mientras apagaba su cigarro. Luego se recompuso.

—¿Qué tal si te mantengo calientita un ratito más?

La rodeó con los brazos; eran fuertes y ella sintió el vello suave de su antebrazo tan reconfortante e intoxicante. La atrajo hacia sí y la besó, y ella no lo detuvo hasta que pasó lo que se sintió como una eternidad.

En el fondo de su mente pensó: Bueno, si Lucero no lo ve, quizá nunca pasó. Pero estaba equivocada. Porque cuando por fin lo apartó de ella y se giró, encontró los ojos de Lucero mirándola desde el porche adentro.

Rápido agarró su bolso y, escondiendo sus nervios, caminó hacia Lucero como si nada hubiera pasado.

Él empezó a caminar hacia el estacionamiento, y ella lo siguió obediente y muerta de miedo.

Al salir, vio a alguien que le pareció conocido: el salvavidas de la playa. Estaba afuera con ropa de civil, siguiéndola con la mirada de forma aún más casual.

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