21. Perder la cordura
Lucero dijo que tenía una sorpresa mientras cruzaban el puente de un kilómetro bajo el sol de la tarde en su máximo esplendor. Con su camiseta negra de tirantes que ella le había comprado y su cadena de plata, las mujeres que pasaban sonreían y le saludaban con la mano. El puente cruzaba sobre un río café, ancho y serpenteante, y pequeñas islas de lodo flotaban entre sus orillas. Formas alargadas y grises se movían cerca de los bordes: cocodrilos, docenas de ellos. Isabel y Lucero se maravillaron de las peligrosas criaturas desde lo alto.
Les gustaba viajar juntos y explorar a pie, en carro, en agua. Ambos buscadores incansables de lo desconocido, electrificados por la sorpresa de lo extraño e inesperado. Pero eso desgasta el cuerpo y la mente igual de rápido, hay que decirlo. A menudo estaban cerca del agotamiento físico.
A veces ella se olvidaba de Lucero y lo imaginaba como otro alguien. A veces Lucero hacía eso con ella.
—Yo sé qué tipo de mujer eres —dijo, acusándola de robarle dinero porque ella no quiso comprarle una cerveza cuando él tenía que manejar dos horas de regreso.
Cuando él se cansaba, siempre se ponía peor. Se iba a ese lugar donde ella ni siquiera podía pelearle— normalmente, ella encontraba alguna parte de su razonamiento a la que podía aferrarse para superarlo—, pero esas veces, siempre al final de una manejada muy larga y agotadora, él se iba a un lugar que dejaba a Isabel sintiéndose impotente.
Y él se volvía inaccesible por horas. Ella volvía a empacar sus cosas, y él la ignoraba. Hasta que ella le exigía que durmiera en una cama separada, y él se enojaba y amenazaba con dejarla tirada en ese motel sin transporte para salir. Entonces ella preguntaba por ahí y conseguía un número de taxi.
—Quiero que te vayas —dijo, tirando sus maletas al pasillo.
Estaban gritando y despertando a los otros huéspedes. Pero los otros huéspedes normalmente eran pobres, y estaban acostumbrados. Ellos también tendrían sus propias peleas borrachas, y Lucero e Isabel a veces se reían entre dientes y escuchaban los sonidos de adolescentes llorando y celulares rompiéndose mientras los cortaban sus novias. Y ahora les tocaba a ellos.
Así que cuando ella tiraba las maletas al pasillo, gritaba lo más fuerte que podía:
—Lár-ga-te.
Y él decía:
—Ni se te ocurra tocar mis cosas. No pongas tus manos en mi propiedad —y rogaba quedarse.
Pero él dormía en el colchón del piso, y ella no dormía. En las mañanas, él le decía que tampoco había dormido. Pero cuando ella lo oía roncar, se llenaba de rabia. Cuando él dormía mejor que ella así, eso la enfurecía más que cualquier otra cosa que él hubiera hecho.
Por la mañana ella le pedía que la dejara en la terminal de buses.
—¿Cuál es nuestro plan? —preguntaba él con cautela—. ¿Así que ya estuvo?
Y él le suplicaba que se quedara. Y ella le explicaba que no, que él era abusivo. Que eso era abuso. Y él le preguntaba por qué, y ella decía que no. Y lo dijo tantas veces que la agotó; ¿cuántas veces más podía decir que no? Pero cada vez era como una bofetada en la cara de él, así que sacaba todas sus fuerzas y lo hacía de todos modos.
—Por favor explícame —decía él.
Y se sentía como una trampa, pero ella igual explicaba. Explicaba cómo él se deshilachaba en la locura poco a poco e intentaba recordar con mucho esfuerzo los detalles exactos.
—Me dijiste que sabías qué tipo de mujer era yo.
—Yo nunca diría eso. Nunca te diría eso a ti.
Y ella se quedó en shock. No sabía si estaba mintiendo o no. De verdad no lo sabía esa vez. Pero recordaba el cambio confuso en él, cuando ya no era maldad, solo locura.
—Estás mintiendo. Yo nunca dije eso.
Y ella gritaba:
—¿Cómo te atreves a llamarme mentirosa?
Y él decía:
—Te caché, te caché —y saltaba como un niño pequeño de emoción—. Te molesta porque sabes que te caché.
Y ella pensaba: De verdad está loco.
Y en un estado de aturdimiento, porque no sabía cómo entender esa situación, como una sombra, solo hablaba con voz vacía:
—Hoy nos vamos a dejar. Por favor empaca tus cosas.
Entonces él volvía a entrar en pánico.
Luego decía:
—No, no, tal vez sí me acuerdo.
Y ella decía:
—¿De qué te acuerdas? Explica lo que hiciste.
Y él no podía explicar lo que dijo ni lo que hizo.
Simplemente no decía nada.
Y ella llenaba el silencio:
—Creo que tienes algún problema psicológico. Creo que tiene que ver con tu ex esposa.
Y él decía:
—No hables de mi vida. No sabes nada de mí.
Pero prometía cambiar y examinar su enojo.
Y se quedaban juntos. Y él llamó a su madre adoptiva y le dijo que por fin le preguntó por qué lo había dejado ir, qué sentía al respecto. Y ella le dijo que también a ella la habían dado en adopción de bebé, que la crió su padre, y que su madre nunca regresó. También su madre le dijo que pensaba en él todos los días.
Isabel sabía que ella le había dado el poder de sanar, pero intentaba ignorar que no tuvo opción al dárselo. Porque el lazo humano es bondad. Porque no podía imaginar un mundo donde no tuviera que ser buena. Isabel apenas tenía energía para asentir. Pero no lo dejó solo en ese momento.
Ella le había ganado todos los juegos, pero lo horrible era que de alguna forma ella seguía perdiendo. No fue sino hasta después que se dio cuenta de que estaba viendo todo al revés.
Él le tenía celos cuando ella lloraba. Por eso fingía llorar también. Tenía celos de que ella estuviera herida, de que se abriera buscando amor, dulzura y ternura, e incluso saliera quemada y decepcionada. Tenía celos de su corazón roto porque ella podía sentir algo, y sentir algo significaba estar viva.
Ella se dio cuenta de que el mundo entero estaba equivocado, y que ella solo había sido feliz por accidente.
Lo que pasa con la verdad es que en realidad no existe, al menos no de la forma en que la gente cree que existe. No como un piso frío de linóleo.
La verdad se crea todo el tiempo, principalmente por gente que la desea. Uno pensaría que la verdad te pegaría en la cara. Pero nunca lo hace. Las ganas de la gente de creer lo que preferiría creer son mucho más fuertes.
Dicen que la verdad al final se revela, pero la mayoría de la gente, casi todos, se las arreglan para pasar toda la vida sin enfrentarla. A veces más, a veces generaciones. Muchas, muchas generaciones.
La verdad no está dormida allá afuera, enterrada como un mineral. La verdad tiene que crearse y forjarse al mismo tiempo que se forjan las ilusiones, pero más rápido, más ágil, más sigilosa.
Y algunas verdades, pensaba Isabel, nunca se anuncian. No piden ser entendidas. Solo te miran con ojos ardientes, cargando la misma rabia que Lucero cargaba, pero contenida.
Cuando pensaba en sus ojos, ya no estaba segura de que Lucero fuera realmente el que la asustaba.
No recuerda cómo se reconciliaron, si él cedió a sus exigencias de llevarla al aeropuerto, o si ella cedió y volvió a tratarlo con cariño. Él había llamado a su madre mientras Isabel empacaba en el otro cuarto; se lo contó mientras manejaba la vieja camioneta roja 4×4 por la carretera, rodeados por las montañas verdes, altas y estrechas, formando un valle de cielo azul brillante.
El carro tenía exactamente la misma edad que Isabel, y él lo quería casi tanto como a ella. Sabía que Isabel ya no estaba prestando atención, pero se sentía un poco desesperado. Dijo que llamó a su madre biológica, y que ella siempre sabía cuándo él estaba por llamarla, porque siempre contestaba y siempre estaba entre un trabajo y otro, lista para él. Le contó que a ella también la habían dado en adopción de niña, que su familia la entregó y la crió un padre soltero mientras su madre nunca regresó.
También su madre le dijo que pensaba en él todos los días. Esta era la primera vez que él pensaba en preguntarle cómo y por qué lo había dado en adopción.
Lucero de verdad quería que a Isabel le importara; había una forma triste y patética en que miraba hacia adelante y le robaba miradas rápidas, sin saber si estaba feliz o triste o qué quería transmitirle a Isabel; quería que ella lo abrazara también, pero Isabel estaba cansada, no quería saber nada de él, y eso le rompía el corazón, casi, si es que tenía uno.
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