19. El calor del mediodía

Isabel miraba las palmeras desde la cama. En el calor lánguido de la costa de Oaxaca, todo se iba ralentizando hasta acercarse al mediodía, el punto máximo del día. Solo los dedos de las palmeras se agitaban y ondeaban por encima del techo del balcón del segundo piso. Daba la sensación de que todo ser vivo dejaba de moverse y solo podía soportar mirar señales de viento precioso que viniera a refrescarlos.

Isabel se tiraba en la cama, incapaz de desprenderse de su depresión. No podía recordar cuántos días habían pasado, así, exactamente como ese.

Abajo, en el patio, Lucero se ocupaba haciendo jardinería, trepando árboles con unas grandes tijeras verdes para podarlos, a veces gritando y saltando del árbol cuando invadía una colonia de hormigas bravas. O algunos días se ponía a descamar peces con el machete, raspando furiosamente el gran pargo rojo que el pescador vecino dejaba en su refrigerador como pago por arreglarle la plomería.

Finísimas escamas blancas y opalescentes se le pegaban al pecho y a los brazos como si fueran joyas semipreciosas. Luego los freía enteros en grasa vegetal, hasta que las aletas espinosas quedaban crujientes y deliciosas.

Contrató a un viejito para trepar a sus cocoteros y sacar el agua y guardar su fresco néctar en frascos de vidrio para ella. Pintaba las olas en verde y morado con cielos negros y le pedía que las admirara.

A veces se iba toda la mañana y volvía con una sola pera y la dejaba en su escritorio. A cambio, ella dibujó un retrato de él sobre papel café, él sentado en una silla junto a la puerta de su estudio, llevando solo shorts de baño, con aspecto de animal salvaje, una única arruga de duelo y tiempo marcada entre la mejilla y la nariz. Él comentó que su nariz se veía muy realista.

La llevó a nadar desnudos en remolinos que giraban al fondo de los valles, detrás de senderos secretos y empinados, o la llevaba a los acantilados verticales que daban a la espectacular bahía azul, donde gritó su nombre hacia el cañón.

Decía que no podía esperar para llevarla mañana, que tenía que llevarla hoy. Decía que quería mostrarle el mundo entero. La llevó a su casa secreta en las nubes de las montañas al norte de la costa, donde crecían mangos ácidos y granos de café. Una casa tan secreta que ni sus propios hijos sabían de su existencia, y ahí hicieron el amor bajo una sola cobija color vino junto al frío alféizar de la ventana de madera mientras él le contaba historias de su pasado organizando campesinos por la igualdad política y abriendo una serie de tienditas de abarrotes en puntos estratégicos de la carretera.

Incluso le escribió una canción:

Luz extraña se arrastró a mi casa
Las manos de la vida intentaron despedazarme
Pero mil ojos ardieron la primera vez que vi tu rostro
Puedo ser tu hombre
Tu conquistador
La tierra negra de tus problemas diarios
Que pisas sin preocupación
La noche que protege tus secretos
Doblegados en bolsillos de oscuridad
Tu ladrón de codicia y deseo infinitos
Voy a encontrarte
Como un borracho manejando a casa
A gran peligro de sí mismo y de otros
Volveré corriendo a ti
Una y otra vez
Como un jugador con la mano vacía
Y un cofre de promesas
Tu orgullo reina sobre mí
Como la montaña más grande
Y si quieres ponerte una máscara
Te dejaré darme la vuelta una y otra vez
Y desenredarme
Una negación a la vez

Pero él se frustraba cada vez más, porque nada de eso estaba rompiendo el hechizo del antiguo amante de Isabel. Nada de eso hacía que ella viniera hacia él.

—¿Qué clase de novia habla de otro hombre? —le gritó.

Isabel había estado callada y distante, eso podía admitirlo. Se sentía como una niña regañada, pero cuidada de todos modos. No lograba entenderlo del todo; no era exactamente un corazón roto. Sentía que tenía que escapar, y quería que Lucero fuera su héroe, justo así. Pero eso lo enfurecía demasiado, y hacía que él la tratara terrible también.

No podía decirle qué necesitaba de él. No podía hacer promesas que pudiera cumplir sin recaer en su mal hábito.

Cada noche él la ignoraba, fumando weed en su cuarto, escribiéndoles a mujeres.

—Las mujeres me invitan a salir todo el tiempo, ¿y sabes qué les digo? Que tengo novia. Y tú aquí, revisando qué hace él. Yo sé que no escribiste esas cartas para mí, ni esos dibujos, nada de eso es para mí, es todo para él.

Él rompió el boceto en papel café entre sus manos y lo dejó a los pies de la cama de Isabel, y ella, con el corazón destrozado, recogió los pedazos y los puso en el bote de basura para que descansaran.

Ella lo intentaba, pero no lograba que él entendiera. Y cuanto más lo intentaba, más la usaba él, tratando de retenerla, ahogándola de cerca, con nada más que culpa y obligación. Y cuando ella se acercaba, él la castigaba, dejándole claro que ella no significaba nada para él.

Y así, ella también lo castigaba a él. Quería salir de ese ciclo, pero no podía regresar, solo ir hacia adelante. Pero adelante no había nada, solo ese vacío de fracaso sin fin, desesperado, de un rescate que nunca llegaba.

Y aun así, él volvía con un nuevo gesto, una nueva pera, y se la ofrecía a Isabel con manos temblorosas.

—Yo sé que me amas, puedo ver que sí, solo que todavía no lo sabes.

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