15. El hijo

La llave no entraba en el encendido de su carro. ¿Se estaba volviendo loco? ¿Cómo podía ser?

Examinó la cerradura. Había marcas de raspones alrededor de los bordes exteriores, claramente la habían forzado.

Fabiano.

El chico estaba loco. Más inteligente, más imprudente, más volátil que su padre inteligente, imprudente y volátil.

A Lucero le encantaba exhibir su poder, presumir su rabia, probar límites y escandalizar, pero su hijo iba más allá de donde Lucero se atrevía a llegar. Por el amor de Dios, el chamaco le pegaba puñetazos a los policías en la cara.

Lucero notó que la gasolina estaba casi vacía. Él la había llenado justo ayer por la mañana. Fabiano se había pasado toda la noche manejando, ¿haciendo qué? ¿Yendo adónde?

Cuando su único hijo era apenas un niño, vivió con él en una torre cerca de la playa, exiliado de su pueblo natal por razones que no quería volver a visitar. Lucero trabajaba en una gasolinera, ganando apenas suficiente para mantenerse a sí mismo, y menos aún a un niño. Cuando la madre se lo llevó de vuelta, él se sintió aliviado.

El chico siempre fue problemático. Lo quería, quería sus hermosos ojos azules y su cabello rubio, lo amaba con ferocidad, pero hay que decir que era difícil.

Siempre estaba atrapado en su depresión, que se volvió progresivamente peor con los años. Solía disfrutar surfear con su padre, pero ahora había dejado de hacerlo. ¿Cómo puede alguien no disfrutar surfear? No quería hacer nada excepto fumar weed.

Pero Lucero sabía que su hijo guardaba secretos, y él entendía la trayectoria oscura que había seguido durante años, porque conocía a su hijo muy, muy bien, y lo vigilaba de cerca mientras fingía ser ignorante. Sabía que cuando le robaba el carro al padre, era para ir a matar gente.

Vio los tatuajes que intentaba ocultar cuando se unió a la banda. Estaba seguro de que estaba en una banda. Ese idiota, ¿en qué estaba pensando?

Ahora era padre, había embarazado a una mujer y ahora tenía un hijo de un año. Era hora de madurar y dejar de actuar como si todo fuera un chiste. ¿Por qué no podía ponerse las pilas? ¿No le había mostrado cómo ser hombre? ¿No lo dejó ayudar con la construcción del hotel, darle responsabilidades y oportunidades, mostrarle confianza cuando no tenía motivo para creer en él?

¿No lo vio ver a su padre sudar y esforzarse y aplicarse? Lucero dormía en la cocina sin terminar, se levantaba y construía un poco más, con las habilidades que había aprendido en la construcción. Se hizo su propia casa y su propio negocio él solo, sin necesitar a nadie. Si eso no era la definición de hombre, entonces ¿qué?

Los días desde que dejó de contestar el teléfono hasta el día en que se enteró fueron un infierno que ningún padre debería vivir. Lucero no recuerda nada de ese tiempo.

Algunos de sus amigos se ofrecieron a caminar con él. Caminó, a pie, por cientos y cientos de hectáreas, cruzando pueblos y entrando en campos, montañas, selva. Recuerda el dolor insoportable en las rodillas y tobillos por tanto caminar y aun así qué impotente se sentía para detenerse, cómo seguía caminando aunque su cuerpo se deshacía por la falta de sueño y comida y descanso.

Sabe que esa parte pasó porque desde entonces sus rodillas nunca dejaron de doler.

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