14. Liberación

Miró a Lucero mientras manejaba, concentrado en la carretera. Ese recuerdo doloroso con su madre era de años atrás, y no había pensado en él durante muchos años. Algo en su pelea reciente le dolió tanto que obligó a sus partes más débiles y asustadas a salir a enfrentarlo, como si él estuviera desafiando directamente a esa versión de ella.

Ya no quería cargarlo. Su madre ya no estaba, no había nadie con quien enojarse, nadie que le dijera que estaba equivocada.

Sostuvo esa conversación en su mente, la rebobinó. La rebobinó hasta el lugar perfecto. Se imaginó volviendo a casa, asustada y golpeada, todo dentro de su mente. Se imaginó a su madre viniendo a abrazarla fuerte.

“No tienes que explicar nada, sé lo que pasó. No fue tu culpa. Vamos a arreglar esto. Vamos a encontrar justicia”.

Luego la envolvía en una cobija y la sostenía fuerte, como cuando ella de niña se metía en la cama de su madre, y su mamá era tan grande y fuerte, mucho más grande que ella, y la persona más fuerte que había conocido, y nada malo podía pasar.

Isabel lloró y lloró porque por fin creyó en lo que pudo haber sido, y era tan verdadero como estaba escrito en su corazón.

—Necesito parar aquí —le dijo a Lucero.

Lucero salió nervioso de la carretera y se detuvo en el Oxxo más cercano. Isabel lloró con todo su corazón y por una vez le importó un carajo lo que Lucero estuviera haciendo. Él, nervioso, sacó un cigarro y, evitando mirarla, salió disparado del carro para fumar. No podía estarse quieto, caminaba de un lado a otro por el estacionamiento antes de desaparecer adentro.

Quince minutos después salió con una botella de agua, que dejó a su lado. Isabel lloró durante mucho, mucho rato. Dejó que todo su cuerpo temblara mientras sus piezas vacías empezaban a regresar y encajar.

Lucero se portó bien el resto del día. No buscó pleitos ni hizo comentarios hirientes. No coqueteó con ninguna mujer que se cruzara en la calle. Simplemente se quedó callado.

Esa noche en el hotel se estaban preparando para dormir. Isabel intentaba terminar un libro de poesía que habían encontrado en una librería de segunda mano. Estaba en un español arcaico y era casi imposible de entender. Lucero le pidió que le diera masaje en el brazo.

Estaba tan viejo, pensó ella. Siempre le dolía algo. De todos modos lo hizo, porque disfrutaba dar masajes. Le gustaba hacer que la gente se sintiera mejor. Él señaló el punto del pulso donde el tendón se une al codo e Isabel hundió más el pulgar.

Lucero estaba recostado de lado, frente a ella, con medio cuerpo cubierto por las sábanas.

—Aaaay. Uuuuu uuuh.

Isabel empezó a reír. Sonaba como un villano de caricatura tratando de llorar.

—Uuu uuuu.

Siguió. ¿Estaba bromeando o no? Ahora ella estaba confundida. Miró su cara y él tenía los ojos cerrados y estaba concentrado en llorar. Ella dejó de reírse de él y simplemente dejó que aquel drama se desenvolviera.

—Ohhh… ¿qué voy a hacer? Ay mi hijo, ¿qué hago?

Cerraba los ojos, fruncía el ceño, lloraba y se balanceaba de adelante hacia atrás. Isabel mantuvo pacientemente el pulgar en su codo. Estaba emocionada de que por fin estuviera soltando algo.

Después de veinte minutos al fin se quedó en silencio. Isabel lo envolvió suavemente con sus brazos. Por fin lo estoy alcanzando, pensó. Todo lo que tenía que hacer era enfrentar primero sus propios miedos. Él nunca había llorado delante de ella.

—Es la primera vez que lloro en cuarenta años —dijo—. No he llorado desde que era niño, por eso sonó raro. No sabía cómo llorar. Au, me duele la cara, me duele tanto la cara. Nunca antes había llorado.

Pages: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39

Leave a comment