13. Madre

Su madre era una mujer dura. Isabel en realidad no recordaba la última vez que le hubiera dicho que no. Nunca había tenido que hacerlo. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza que fuera una posibilidad.

—Tenemos que hablar.

No era la respuesta que esperaba. Le había contado a su mamá que su ex novio la violó. Ni siquiera estaba segura de por qué lo había dicho, y menos a ella. Simplemente salió. Tenía ese instinto de decir la verdad, por más equivocado que se sintiera. Había cerrado los ojos y lo había soltado, en un momento de saber.

El momento después de decirlo se arrepintió al instante. No sabía qué esperaba obtener al decirlo y ahora el peor caso posible se estaba desplegando, justo ahora.

—Súbete al carro —ordenó su madre.

Condujeron hasta una cadena de hamburguesas cercana. Su madre estaba aterradoramente tranquila. Le pidió que pidiera algo. Isabel dijo que no.

—Solo creo que deberíamos hablar bien de esto —empezó su madre—. Lo que dijiste es muy serio. Ahora, soy tu madre así que puedes decirme estas cosas, pero lo que estás diciendo ahorita es extremadamente peligroso, especialmente si se lo dijeras a alguien más. Es una acusación seria, ¿entiendes?

—Mamá, de verdad pasó —se defendió Isabel.

Su madre se cubrió la cara, exasperada.

—¿Te puso una pistola en la cabeza? ¿Te obligó? No. No lo hizo. No fue violación. Tú lo elegiste.

Isabel se sintió enferma. Se sentía enferma desde que pasó y siempre estuvo intentando contenerlo. Siempre tratando de mantenerse entera, tratando de no saber, de no saber, y de vez en cuando su mente encontraba los patrones entre el espacio vacío donde solía estar su alma y las piezas de hechos que habían ocurrido, pedazos de rompecabezas. Y a veces se entretejían en una sola verdad como enredaderas, y en ese momento de intersección, ella sabía, sabía la verdad.

Y lo decía cuando lo sabía. Y estaba enojada cuando lo decía, como si quisiera entregarle al mundo un ajuste de cuentas, derribarlo, dejar que se desmoronara como Babilonia.

Pero cuando ese instante pasaba, volvía a ser un alma vacía y ansiosa, y ya no sabía. Ya no sabía si tenía razón o no, pero sabía que tenía que irse.

—Mamá, me quiero ir.

—No, no puedo dejar que te vayas hasta que admitas que no fuiste violada.

—Mamá, me quiero ir.

Quería llorar pero no podía. Él le había dicho que no llorara con las manos en los bolsillos, los bolsillos donde decía que guardaba sus navajas. Y su madre le había enseñado toda la vida a no llorar. “Ni se te ocurra llorar, ¿crees que te lo mereces? ¿Crees que hiciste algo bueno?”

Todo se fue retorciendo en los últimos dos años, y cuanto más intentaba arreglarlo, más apretado se enrollaba alrededor de ella. Isabel ya no se reconocía.

Isabel se levantó y salió corriendo del restaurante. Corrió y corrió y corrió.

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