12. Viaje por la montaña
—Te amo —soltó Lucero de golpe, torpemente.
Iban manejando por montañas sinuosas al sur de la ciudad de Oaxaca. Habían tenido una pelea la noche anterior, pero se había acordado en silencio y mutuamente que todo lo que se sintió y dijo anoche quedaba borrado por el milagroso brillo naranja de la mañana.
El aire de la montaña, nítido, era un contraste marcado con el calor seco del valle del que habían subido. El aire era más delgado y sus ánimos más claros. Isabel se sobresaltó, aunque no era la primera vez que él se lo decía. Pero siempre la sorprendía. Ella le lanzó una mirada juguetona pero de incredulidad preocupada.
—No debería haber dicho eso —se sonrojó, avergonzado.
Miró hacia adelante mientras manejaba y vieron cómo el bosque lluvioso templado se iba transformando poco a poco en flora tropical. El suelo del bosque se graduó hacia una consistencia más arenosa. Estaban a solo una hora de la costa sur.
Isabel sacó toda la cabeza por la ventana y cerró los ojos. Trató de no pensar en su pelea de anoche y en sus razones, que nunca habían quedado resueltas. Estaba aprendiendo a crecer dentro de este ritual incómodo de olvidar. Ahora era una mujer, en una relación adulta, y era tan real. Era real porque él la amaba, este hombre imperfecto y catastrófico y devastadoramente creativo.
Se sentía como volando, se sentía cinematográfica. Podía percibir a Lucero robándole miraditas mientras manejaba. Sonrió.
—¿Estoy hermosa?
—Sí.
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