En una cultura donde el rol maternal está sobredimensionado y el rol paternal está ausente, las hijas crecen pensando que deben serlo “todo”. Creen que tienen que ocupar el lugar del padre y convertirse en el pilar moral de la sociedad, ofreciendo siempre a los hombres confianza, perdón y contención. Uno de los valores del marianismo es que la fortaleza espiritual recae siempre en las mujeres. Esto coincide con la falta de “disciplina moral” que aportaría una figura paterna. Teóricamente, esto crea un desequilibrio entre hombres y mujeres latinas: las mujeres quedan excesivamente cargadas con responsabilidades emocionales propias de un adulto, mientras que los hombres asumen muy pocas.

En el capitalismo estamos condicionados a enfocarnos únicamente en nuestros derechos, en cuánto podemos recibir, y a negociar para querer obtener más de lo que damos. Pero nuestras responsabilidades son tan importantes para una vida satisfactoria como nuestros derechos. En realidad, los hombres funcionarían mejor si asumieran más responsabilidades emocionales, y a menudo es precisamente ese mismo anhelo el que persiguen: adquirir habilidades para una vida más emocionalmente independiente, asumir más roles y responsabilidades en la comunidad que les permitan validarse a sí mismos y encontrar sentido. Dicho de otro modo, para equilibrar esta dinámica, las mujeres deben asumir menos responsabilidades emocionales y los hombres, más.

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